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En marzo de 2020, coincidiendo precisamente con el estallido de la pandemia de Covid-19 en Europa, los satélites de la NASA detectaron el agujero de ozono más grande jamás registrado en el Ártico.
Sin embargo, según informes del servicio mundial de monitoreo meteorológico y atmosférico Copernicus, este anunció en su cuenta de Twitter que el agujero ya ha desaparecido por completo.
Este es un fenómeno más o menos usual en el invierno antártico, ya que las bajas temperaturas causan que las nubes se acumulen a gran altitud y esto, combinado con la presencia de sustancias como cloro y bromo que provienen de emisiones industriales, provoca la destrucción temporal del ozono en esa área.
Cuando las temperaturas suben, la capa se recupera. Sin embargo, los especialistas informaron que la razón de su desaparición no se debe a la reducción de la contaminación por el confinamiento masivo, sino a una ola de calor.

El ozono es el gas que protege a la Tierra de la radiación ultravioleta del sol. Como era de esperar, el aumento de las temperaturas en la estratosfera durante el mes de abril de 2020 permitió la irrupción de aire rico en ozono desde la atmósfera interior, provocando el cierre completo del agujero, según informó la Organización Meteorológica Mundial (OMM)”.
La última vez que hubo una caída similar en los niveles de la capa de ozono fue en 2011; este año, sucedió porque en abril el vórtice polar se rompió.


La ONU firmó el Protocolo de Montreal en septiembre de 1987, uno de los acuerdos más exitosos de la historia en materia de medio ambiente, con el objetivo de reducir las emisiones de sustancias que dañan la capa de ozono.
Con este acuerdo, los científicos prevén que el ozono del Ártico y de las latitudes medias del hemisferio norte se recuperará por completo a mediados de siglo, alrededor de 2035, así como el de las latitudes medias del hemisferio sur; mientras que se pronostica lo mismo para la región antártica para el año 2060.